Y comenzó el Lunes Santo con la mirada del Señor de Las Penas camino de la calle San Vicente, a paso ligero, como queriendo dar le venia a la cruz de guía de El Museo que aguarda, con paciencia, en el alfeizar de la capilla del mismo nombre.
Y se fue el Lunes Santo entre chicotá y chicotá del Señor de San Gonzalo. De costero a costero camino del puente de Triana, el altozano y su barrio... hasta la plazoleta de San Gonzalo que lo espera a él y a su Virgen de la Salud para arroparlo una noche más.
Y se fue el Lunes Santo entre toques de difunto de la Iglesia de San Martin... más de veinte minutos de replique en silencio mientras el cortejo de nazarenos de Santa Marta avanza, con sigilo, entre cirios blancos encendidos que dejan un manto de cera para que el Cristo de la Caridad de Ortega Bru pase sobre él envuelto en sábanas blancas camino de su templo.
Y se fue, de nuevo, el Lunes Santo justo cuando un nazareno de negro de Las Penas llama al portón de la Iglesia de San Vicente: ¿Quién va? -responde una voz desde dentro-. El Señor de Las Penas -contesta el nazareno de negro-.
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